Con la desaceleración inflacionaria como telón de fondo y una eventual reforma laboral en debate, el escenario salarial de 2026 se encamina a un cambio de lógica. El 2026 podría marcar el pasaje definitivo desde paritarias cortas y defensivas hacia negociaciones más extensas, condicionadas por la competitividad de cada actividad y por márgenes empresariales cada vez más ajustados. En el mundo sindical y empresario predomina la cautela. Si bien el Índice de Precios al Consumidor mostró una aceleración moderada desde mayo, el Gobierno insiste en que la inflación mensual tenderá a ubicarse por debajo del 1% en los próximos meses. Incluso, el propio Javier Milei proyecta un horizonte de inflación cercana a cero hacia la segunda mitad de 2026. Ese diagnóstico oficial reconfigura las expectativas de las paritarias que comenzarán a discutirse desde los primeros meses del año. Como es habitual, los primeros acuerdos estarán protagonizados por Comercio y Bancarios, pero febrero pondrá en escena a Camioneros, un gremio que ya no fija el pulso general de los salarios, aunque sigue siendo una referencia clave. En todos los casos, la incógnita central pasa por el criterio que adoptará el Ministerio de Economía para homologar los acuerdos y hasta dónde se permitirá que los aumentos superen la inflación proyectada. Desde el análisis económico, el consenso es claro: no se espera una fuerte presión salarial. Juan Luis Bour, director de FIEL, anticipa un arranque de año con actividad todavía débil y una recuperación recién visible a partir del segundo trimestre. En ese contexto, la combinación de disciplina fiscal, política monetaria restrictiva y apertura económica limita tanto el crecimiento del empleo formal como la capacidad de los convenios para ir más allá de la inflación. La consigna, según su mirada, será acompañar los precios y, cuando el sector lo permita, sumar márgenes mínimos que no pongan en riesgo el programa antiinflacionario. Más categórico es Dante Sica, ex ministro de Producción y Trabajo, quien proyecta un regreso a paritarias anuales. Con la inflación baja, explica, se estiran los plazos de negociación y los acuerdos tienden a ordenarse. Sin embargo, advierte que el escenario será desigual: sectores industriales como la metalurgia o el sistema financiero enfrentarán negociaciones más duras, mientras que actividades vinculadas a la energía, la minería y la exportación contarán con mayor margen para mejorar salarios. La lectura se completa con un dato estructural: la discusión salarial dejará de girar exclusivamente en torno a la inflación. Para Sica, el eje pasará a ser la productividad y la competitividad. Tras la fuerte caída del salario real entre 2017 y 2023, buena parte de lo perdido ya fue recuperado en el último año. Lo que resta por recomponer dependerá, en adelante, de costos, competencia y rentabilidad sectorial, en una economía donde los márgenes de ganancia también tienden a comprimirse. Jorge Colina, presidente de IDESA, coincide en que con inflación controlada los salarios tienden a acompañar sin sobresaltos. En su visión, 2026 repetirá un esquema similar al de 2025, con acuerdos que empatan a los precios y evitan desbordes mensuales. También ve factible la adopción de paritarias anuales, simplemente porque la dinámica inflacionaria ya no obliga a renegociar de manera permanente. El trasfondo político-sindical también pesa. Con altos niveles de informalidad, baja afiliación gremial y una pérdida sostenida de poder de movilización, el sindicalismo llega a 2026 con menor capacidad para imponer agenda. En un contexto de estabilidad macroeconómica y mayor competencia, las paritarias dejan de ser una herramienta expansiva automática y se transforman en una negociación fina, sector por sector, donde el margen lo define la economía real más que la expectativa inflacionaria.
PARITARIAS BAJO LA LUPA
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