La tregua improvisada entre Washington y Teherán no sólo descomprime el tablero geopolítico: también altera el pulso de los mercados. El Brent, que venía trepando como símbolo de la guerra en Medio Oriente, se desplomó hasta rozar los 90 dólares y se estabilizó en torno a los 95. El WTI, referencia norteamericana, retrocedió con fuerza y quedó cerca de los 92. En Buenos Aires, la política energética se convirtió en un capítulo paralelo de esta novela internacional. YPF, con mayoría estatal y el 55% del mercado, decidió congelar los precios de la nafta y el gasoil por 45 días. La medida, presentada como un “amortiguador” frente a la volatilidad externa, fue replicada por el resto de las petroleras. El mensaje es claro: blindar al consumidor en medio de la tormenta. El CEO de YPF, Horacio Marín, expuso la estrategia ante empresarios con un lenguaje de mercado pero con resonancias políticas: “La demanda pasó de inelástica a elástica, los consumos caían fuerte… hicimos un hedge para la gente que luego vamos a cobrar cuando el precio baje”. En otras palabras, la empresa se coloca como garante de estabilidad, aunque advierte que el alivio es transitorio. La paradoja es evidente: si el crudo se mantiene en la zona de los 90 dólares, los precios internos no bajarán. El congelamiento es un pacto temporal, un respiro que se paga con la promesa de futuros ajustes. La tregua internacional se traduce en una tregua doméstica, pero la política sabe que el reloj corre. El petróleo no es sólo un barril: es un actor político que marca la agenda, tensiona las decisiones y obliga a los gobiernos a jugar con amortiguadores y buffers. La tregua en Medio Oriente abrió un paréntesis; en los surtidores argentinos, ese paréntesis se mide en 45 días.
TREGUA SIN ALIVIO
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