El Gobierno de Javier Milei exhibe avances en materia fiscal y cierta disciplina cambiaria y monetaria. Sin embargo, detrás de los números prolijos aparece un vacío que amenaza la sostenibilidad del modelo: la inversión privada. Los datos oficiales muestran que la Formación Bruta de Capital Fijo se desplomó un 11,6% interanual, confirmando que el capital productivo se retrae en lugar de expandirse. La gran apuesta oficial para revertir esta tendencia es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Según informaciónes, al cierre del primer trimestre se aprobaron 12 proyectos por un total declarado de 26.436 millones de dólares. Pero la letra chica revela que buena parte de esos montos corresponden a “activos computables”: gastos admitidos por la normativa para alcanzar el piso de inversión, que no necesariamente implican dólares frescos ni nuevas plantas en el país. En muchos casos, se trata de maquinaria y equipos importados, con escaso impacto en proveedores locales y generación de empleo. Ejemplos como el parque solar El Quemado o el proyecto Rincón de litio muestran que la proporción destinada a mano de obra nacional es reducida frente al peso de la tecnología y los bienes de capital externos. Además, varios planes aprobados incluyen ampliaciones de proyectos ya existentes o inversiones previas a la vigencia del régimen, lo que relativiza el efecto dinamizador del RIGI. Economistas como Fausto Spotorno advierten que la inversión “cae, cae, cae” y que los anuncios no se traducen en capital efectivamente desplegado. El sector energético aparece como excepción, con un flujo anual cercano a los 12.000 millones de dólares, aunque insuficiente frente a las necesidades estimadas de 120.000 millones para toda la economía. Vaca Muerta, por su escala y lógica propia, juega un partido aparte. La encuesta de IDEA entre ejecutivos refleja la misma paradoja: más empresas operan cerca de su capacidad máxima, pero la inversión como porcentaje de facturación se redujo del 14% al 10%. Aunque la mayoría espera crecimiento del PBI y menor inflación, menos de la mitad proyecta aumentar sus inversiones. El exdiputado Alejandro “Topo” Rodríguez sintetiza el dilema: “Con Milei se inició un proceso de desinversión que se explica por la contracción de la demanda y la caída de la rentabilidad esperada”. En definitiva, el desafío no pasa sólo por beneficios fiscales o cambiarios, sino por garantizar condiciones de mercado que hagan rentable apostar capital en el país. Sin esa pieza, la estabilización corre el riesgo de quedarse sin cimientos.
EL “VACÍO” DEL MODELO MILEI
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