El oficialismo celebra como un triunfo histórico lo que hace apenas un año parecía un sueño imposible: un mercado cambiario sin sobresaltos, reservas recomponiéndose y un sistema financiero que respira dólares. En la superficie, el tablero luce ordenado. Pero detrás de esa vitrina reluciente, la economía real se desangra. La paradoja se repite en voz baja entre economistas que acompañaron el programa: ¿Sirve la calma cambiaria si la inflación no cede y la actividad se hunde? La palabra maldita ya circula: estanflación. Inflación alta y recesión profunda, la pesadilla que ningún gobierno quiere nombrar. Mientras tanto, Milei y Caputo exhiben con gesto triunfal las cifras del frente financiero: el Banco Central acumuló más de 2.000 millones de dólares desde enero, las reservas superaron los 45.000 millones y los depósitos privados en divisas rozan los 38.000 millones, récord absoluto. El dólar oficial incluso retrocedió en febrero. Una postal inédita en la Argentina reciente. Pero el reverso del cuadro es brutal. En noviembre se destruyeron casi 29.000 empleos registrados. Los salarios cerraron 2025 con una caída real del 2,1%, y diciembre marcó el cuarto mes consecutivo de retroceso. La industria opera con apenas 53,8% de su capacidad instalada, un nivel que recuerda a los peores momentos de crisis. Los números son persianas que bajan mientras los operadores financieros miran la curva del dólar. Carlos Melconian lo sintetizó con crudeza: “El Gobierno no logró quebrar la estanflación. Si esto no mejora la vida de la gente, el sacrificio no tiene justificación”. Juan Carlos de Pablo, cercano a Milei, también advirtió: “El problema es la inflación, no el índice de precios”. Marcos Buscaglia describió una economía a dos velocidades: el agro y la energía avanzan, mientras la industria y la construcción se desploman. Otros especialistas, como Miguel Kiguel y Ricardo Arrizazu, remarcan el costo de sostener tasas altísimas: crédito caro, inversión postergada y empresas que prefieren financiarse antes que producir. El capital se desplaza hacia la renta, dejando a la economía real en estado de anemia. La conclusión se impone: la estabilidad cambiaria es condición necesaria, pero no suficiente. El error es pensar que el frente financiero y la economía cotidiana son compartimentos estancos. En realidad, las tasas que sostienen la calma del dólar son las mismas que asfixian la producción. Una calma que, lejos de ser un plan de crecimiento, amenaza con convertirse en un espejismo político.
LA ESTANFLACIÓN COMO LEGADO
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